Salmos

La misa del sábado a las 19 horas y la del domingo al medio día. Las calcetas hasta la rodilla por presunción de la escolta. Paso redoblado, ¡ya! Las monjas enojadas conmigo, por el hurto de Iván a su madre: una medallita dorada de la virgen como adorno de la nota con la que el enamorado me pidió que fuera su novia. La suspensión fue para mí, el eco de Eva y la tentación. Alto, ¡ya! Le dije que no. No influyó el castigo. Es que a mí me gustaba Anita. El flanco izquierdo.

El catecismo. La asistencia del primer día y después, irme de pinta para leer, a la vuelta de la esquina, sin entender o comprendiendo distinto, filosofía. Otro dogma. La comunión. El cuerpo de cristo arriba, abajo, embarrado en mi lengua, amén. “El señor esté con ustedes” ¿y con su espíritu? Y mi obvia predilección por las diosas. Amen.

Además, la bandera, el himno, el enemigo que osa y osa mucho y la constitución con su cúmulo de reformas que nada más no logran revivir la letra. Los derechos hechos espejismo. Y el bombardeo que no expone vísceras ni órganos, pero que sí los constriñe, desde una televisión que le grita a las televidentes de tres años que estar gorda está mal.

Estas y otras tantas fuerzas y órdenes conspirando contra el único territorio que nos pertenece, el cuerpo propio. Y ahora, desandar el camino, aprender a conocer y reconocer la casa que traemos a cuestas y, sobre todo, dejarla ser. Dejarnos ser. La mudanza.

Fisura /1

Este es el hombro dislocado de mi cuerpo descolocado. Articulaciones y arterias morenas, maricas y tercas que han elegido
mostrarse,
enunciarse,
anunciarse,
dignificarse y
  herir con la lengua (en consigna, en verso o en beso) a las convenciones de una sociedad que no me quiere ver, pero me siente.

¿No oyes ladrar los perros?

Otra vez tengo las piernas entumecidas. Me levanto. Si me detengo a sentir con atención, puedo distinguir los ritmos dispares del caudal de mi sangre. La pierna izquierda invariablemente escuece más. Como si las arterias que habitan ese lado de mi cuerpo fuesen más angostas o tuvieran prisa. Siento el líquido atropellándose a borbotones. Abriéndose paso. Buscando alcanzar las puntas de mis pies.

*

Una supone que con el pasar del tiempo, el cuerpo se acostumbrará a la nueva cotidianeidad. Esta en la que, en lugar de caminar miles de pasos a diario, apenas y se alcanzan los 270. En promedio. Un lunes sobrepasé los 400. Debí de haber corrido mucho en mis sueños la noche anterior, porque desperté sedienta. Eso me hizo bajar y subir varias veces las escaleras para ir a la cocina y llenar con agua el vaso.

*

Las piernas me arden. Las sacudo. Camino 4 metros ida y vuelta: desde el escritorio hasta la ventana. Afuera, un perro ladra. Lo busco con la mirada, pero no lo encuentro. Nunca lo encuentro. Aún así, ya lo conozco. Todos los días ladra a esta hora. La hora en la que se me entumen las piernas y yo me levanto a dar pasos que duelen y que al mismo tiempo se sienten ajenos a mi cuerpo. ¿Cómo puede arder tan dentro algo que rebota afuera?

Es joven. El perro. O bueno, eso sospecho. Se le nota en el tono del ladrido: agudo y juguetón. No parece ladrarle a alguien que va pasando, sino a alguien que tiene cerca. A alguien que lo acompaña, que se queda a su lado. Hace tiempo que no veo a mis amigas. Nos escribimos a diario, claro. A veces hasta nos video llamamos. Pero ni la alta definición de las pantallas me permite sentirlas verdaderamente cerca.

En ocasiones, en lugar de un perro joven ladrando, escucho a dos. Parece que juegan. Que se persigue uno a otro. Que se arrebatan una rama. O una pelota. Quizá se muerden despacio, sin la intención de hacerse daño. Yo mastico mi comida. Después, todos nos quedamos callados. Le doy tragos al café y seguramente ellos se quedan dormidos. Cansados.  Sobre todo, silenciosos. Los vuelvo a escuchar hasta el día siguiente, a la hora en que se me entumen las piernas y me levanto para caminar dolorosamente.  

Desde hace varios meses vivo entre ventana y ventana. Siempre oteando atenta para saludar a los que van pasando. Para conversar con quienes me platican desde sus propios espacios. Cada escenario tiene sus ritmos y sus onomatopeyas. En uno de ellos se distinguen notificaciones, teclas que suben y bajan, música y caracteres. 280 letras escritas que se escuchan como saludos, como caricias, como bromas y, últimamente, también como lamentos. Esta ventana está llena de bits y de duelo. Esta ventana parece espejo.

A los perros jóvenes que juegan, los busco en otro lado. A través de la ventana que está empotrada en la pared y delimitada por un cerco de aluminio. La imagino desde fuera: desgastada. Con el marco oxidado por recargarle tanto la mirada. Desde dentro no se le nota nada. Ya revisé. Pero es imposible que no le hayan quedado marcas después de recibir tanto impacto, tanto parpadeo. Después de tanto ladrido de perrito joven. Después del silencio. Y, sobre todo, después de los aullidos de los perros viejos que salen cuando el sol se esconde. Se les nota la edad en la gravedad del llanto. En la fuerza del quejido. A estos también los busco, tampoco los encuentro. Me urge verlos. Preguntarles si tienen frío. Si lo que les duele es propio, o si son llantos-reflejo de todo lo que se lee y se oye desde la otra ventana. Una pantalla que se llena de despedidas y de lamentos cuando quienes la habitan terminan sus pendientes y entonces, solo entonces, tienen tiempo para lamerse las heridas.

Ya no tengo las piernas entumecidas, pero los pasos siguen siendo dolorosos. Es que cuando los perros ladran, es señal de que algo está pasando.

Lentejas y pláticas pendientes con mi abuela

Estoy sentada frente al antecomedor. Un rectángulo de cristal flanqueado por cuatro bandos a lo largo de los cuales los fines de semana nos apretujamos 6 adultos. Codo con codo damos cuenta de, a veces el desayuno, otras veces la comida, pero siempre el café. El mueble está contenido dentro de la cocina, el corazón de la casa que en este momento también contiene a mi abuela materna Teresa, y a mí.

Hace una año ya, mi abuela se despidió del departamento que compró con el resultado de una larga y extenuante vida laboral. Un trajín que se le inauguró a los 15 años cuando tuvo que migrar del pueblo a la ciudad. Nunca regresó. Si ella pudiese elegir, estaría ahora mismo en Guerrero y no en Puebla. Con apenas dos maletas, unos cuantos vasos y platos que se negó a abandonar y una serie de fotografías que incluye dos retratos míos, Teresa llegó a habitar este espacio. Una casa de dos pisos, que es resultado de la larga y privilegiada vida de una familia poblana de la alta clase, que a su vez, le renta el espacio a mi familia clasemediera.

Vivir con mi abuela ha implicado descubrimientos y encuentros. También contrastes. Llevo tiempo atestiguando todas esas cosas por si algún día tengo el arrojo para escribirlas. Hasta ahora, había estado muy ocupada viviendo -o intentando vivir- la emergencia mundial que nos toma a diario por sorpresa.

Ahora mismo mi abuela cocina. Sumerge una, dos, tres veces el cucharón de aluminio -«porque el de madera pesa», dice-en una cacerola llena de lentejas. La sopa humea. Teresa camina trabajosamente hasta la alacena. Sé lo que viene: abrirá las puertas y pondrá los ojos dentro. Sin resultados, buscará por un par de minutos la sal que hace tiempo ella misma bajó de la repisa. Esperaré tres segundos y se lo recordaré. Si me dilato, no es para hacerla esforzar en vano; con el paso de los días he aprendido que mi abuela requiere mantener, aunque sea, pequeñas dosis de agencia, y cocinar la empodera.

El aroma es distinto. También el ritmo. Sobre todo el ritmo. Pero aún y con estas modificaciones, me es inevitable (¡y qué bueno!) viajar en el tiempo y en el espacio para reencontrarme con una Daniela y una Teresa 5, 10, hasta 15 años más jóvenes. Su piel tiene menos dobleces. Su columna está más recta, por lo tanto, ella es más alta. Yo no sé cómo luzco, pero sí sé cómo me siento.

Recuerdo los platillos que ella preparaba cuando iba a visitarla durante las vacaciones. Ha olvidado varias de esas recetas, pero yo sigo alimentándome con las memorias. Dormíamos en la misma cama individual. Me contaba historias de tíos fantasmas, jugábamos dominó, y caminábamos varias cuadras para comprar unos tamales de piña dulcísimos.

Durante esas temporadas, mi abuela también me enseñó a cuidar el jardín. Sus manos pecosas y fuertes arrancaban (¡desde la raíz!) las plantas que se abrazaban a las flores. Todos los días, me daba $10 pesos que yo rápidamente invertía en una paleta de hielo sabor grosella que inevitablemente se me escurría por los dedos y la palma de la mano derecha. En ese entonces, ella me contaba a diario 2 o 3 historias diferentes, ahora me repite 5 o 6 veces la misma. No es queja.

Observo el perfil de mi abuela. Hago un recuento inexacto de todo lo que ella me ha enseñado. Me exprimo la cabeza pensando en cómo voy a explicarle que hoy por la mañana, uno de sus hermanos más chicos no resistió al virus que, irónicamente, desde hace varios meses nos ha llevado a ella y a mí a estar más cerca.

Revuelve una vez más la sopa. Me pregunto si tengo que esperar a que se terminen de cocer las lentejas para hablar con ella. Apaga la estufa. Quizá tengo que estirar la paciencia hasta después del pan de mantequilla que todos los días come como postre. Se sirve un plato. Otra vez no encuentra la sal, y yo no doy con las palabras que requiero. Nadie me enseñó la receta para preparar a alguien que va a recibir el duelo.

Camina lentamente hacia la mesa. Se sienta. Me observa, yo respiro. En el preciso momento en el que abro la boca: me interrumpe. Y comienza a contarme por séptima vez la misma historia que hace dos días me relató durante la cena. Voy a escucharla primero. Quizá entre sus anécdotas y entre mis recuerdos sabor a piña y grosella encuentre la sensibilidad y la fuerza que este día necesito.

Voy por lentejas, ¿te sirvo?

Hoguera

Le prendí una vela a tu deseo más profundo.

El tiempo no se acomodó como para poder preguntarte por lo que soñabas. No nos alcanzaron los minutos. Tampoco ayudó el (des)orden del espacio, pero este dato no me sorprende tanto. Ambas sabemos lo relativa que puede ponerse la distancia. Existen pruebas. Como cuando me tuviste a un lado, y no me veías. O como cuando tuvimos los cuerpos puestos en ciudades distintas, pero los deseos encimados. Una arriba de la otra. A kilómetros, pero juntas.

No tengo certeza de tus anhelos momentáneos. Quizá nunca supe realmente lo que querías. A la mejor ni siquiera tú lograste definir lo que buscabas. Pero no importa. Ahora eso es lo de menos. En verdad ya no importa. Lo relevante es que aquello que ansías se te cumpla. Que si ya no te procura calma el cielo azul, se te ponga rojo. Aunque seguramente lo preferirías negro. De ese negro mate que tanto te gusta.

Que si te asusta que corra tanto aire, y que ulule y que mueva ramas y hojas, las nubes se calmen. Que el café que ordenaste, y que estás esperando mientras descansas el libro sobre la mesa de madera, esté bien espumado. Qué tu familia se encuentre bien. Qué salgas pronto del trabajo ahora que obscurece más temprano. Qué des con ese vinil que tanto tiempo has buscado, y que además no esté rayado. Qué las suculentas que riegas religiosamente —aunque no seas creyente— estén vivas. Qué la luna siga viéndose desde tu ventana.

Quizá requieras calma, espero que la tengas. Tal vez necesitas una dosis de adrenalina, deseo que te inunde. Que no te falte agua, ni cobijo, ni tierra húmeda que huela a lluvia. Qué estés feliz.

Le prendí una vela a tu deseo más profundo. A ese que desconozco. Le prendí una vela a tu deseo más profundo, y la llama ilumina toda mi habitación. Me gusta mucho lo que dibujan las sombras.

La mujer que lucha/siente/ama

***Me tocó hacer un autorretrato. Las instrucciones fueron: la mano izquierda recorriendo la cara, y la derecha puesta sobre la hoja en blanco. Después tuve que usar el retrato como si fuese un espejo, y escribir lo que en mí veía. Y lo que vi fue esto:

Se te nota la lucha. Se te ve en la fortaleza, pero sobre todo, en la ternura. En ese gesto que le dedicas a la otra, que te ve como diciendo «¿Y ahora qué?». Esa otra que tiene el corazón desencajado y una mueca que reclama que ya nos la volvieron a hacer. Que ya nos cayeron encima las balas. Que otra vez empujones. Que otra vez fuimos ninguneadas, amenazadas, humilladas.

Se nota que sientes. Porque aunque guiñas con simpatía el ojo izquierdo y abres los brazos para dar refugio y acaricias cariñosamente el omóplato derecho de la compañera, se te delata en el entrecejo que la resistencia duele.

Se te nota el amor. Porque no importa cuántas cicatrices te queden, ni cuántos meses necesites para soldar el hueso, estás dispuesta a poner los nervios y la médula por la lucha de las otras. Porque se te escapa entre pestañeo y pestañeo el latido de guerra. Te escurre desde la mirada. Un chorreadero de voluntades que se asientan en el cauce que nace en el semblante de la otra. De la hermana. De aquella que desde el propio retrato te presta toda la atención que tiene contenida en el cuerpo. Y ahí descansas.

[A ti, te vi a ti. A todas ustedes. A todas nosotras.]

Antiséptico

Mientras presiono mi nuca de arriba hacia abajo con los dedos índice y anular, pienso en aquél performance que encontré en el internet en una tarde pre pandémica. No logro recordar cuál fue el inicio de aquella travesía entre pestañas e hipervínculos que terminó llevándome los ojos a los pocos más de dos minutos que dura el video de esa exhibición, pero sospecho que pudo haber arrancado con algo que ya de por sí hablase sobre afectos o sobre cuerpos o sobre ambas cosas. ¿De qué otro tema podría ser más urgente hablar en este mundo?

Al final, más que el origen del recorrido, lo que importa aquí es el encuentro que desencadenó. Di clic, y el comando disparó una grabación. En el vídeo se sucedían señalamientos y brochazos: dolores delatados por sus dueños. Molestias, ahora expuestas, que habitaban (así, en tiempo pasado, espero) las espaldas, las piernas y las palmas de las manos de personas desconocidas. Seres que jamás había visto en mi vida, y con los cuales muy probablemente nunca conversaré, pero a quienes ya les conozco las heridas.

Recuerdo, sobre todo, a una mujer. Y más que a la mujer, tengo presente su agonía. Yo encontré ese vídeo, y esa mujer, y esa pena dos años después de que se grabó la exhibición. No sé si ese dolor, su dolor, era un dolor fresco. O si era una molestia vieja que llevaba varios días anidando en aquel hombro derecho. Quizá llevaba meses o quizá toda una vida. No lo sé. No importa. Lo trascendente de todo es que su aflicción me afligió. No supe el nombre de aquella mujer, ni el origen de su molestia, ni si toma café por las mañanas o si deja la propina justa cuando alguien le lleva la comida a la mesa. A la distancia (en tiempo y en espacio) mi omóplato se contagió de lo que estaba escrito en el de ella.

Pienso que al final la vida se trata de eso. O que debería de tratarse de eso. De que las aflicciones de la otra persona nos sean relevantes. De que deseemos estirar la mano y acariciarle la piel al doliente. De que sepa que quizá no tenemos la cura para su molestia, pero que lo que le arde nos importa, y que deseamos que pronto se apague el incendio.

Tal vez, encontremos entre fracturas e inflamaciones la empatía que las mediciones del poder y la fortaleza nos han impedido sentir. No hay forma de estar más cerca del resto, que cuando estamos con las heridas abiertas. Todas tenemos rasguños en las entrañas y a todas nos vendría bien sanarlas. Una nunca sabe, igual y corremos con suerte y en la admiración colectiva de la herida individual nos encontramos al fin con el amor. Con un amor que se interese en la cauterización, en el cuidado, en el acompañamiento. En la humanidad reconocida en el cuerpo doliente que se balancea, se estruja y tiembla en una tarde de invierno.

Los huesos que alguna vez se rompieron, duelen con el frío. Y los abrazos son fuente de calor. Le estamos poniendo altares a cuerpos enteros e impolutos que jamás han sido vistos, y nadie se encarga de cambiarle las gasas a la cicatriz que está creciendo. Ven, arremángate la camisa, y dime en dónde te duele, te voy a poner pomada.

De Las Malas de Camila Sosa

El lenguaje es mío. Es mi derecho, me corresponde una parte de él. Vino a mí, yo no lo busqué, por lo tanto, es mío. Me lo heredó mi madre, lo despilfarró mi padre. Voy a destruirlo, a enfermarlo, a confundirlo, a incomodarlo, voy a despedazarlo y a hacerlo renacer tantas veces como sean necesarias, un renacimiento por cada cosa bien hecha en este mundo.